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Neurociencia del dolor3 min de lectura

Dolor e ira

Las personas con dolor crónico conocen bien lo que es la ira. Reprimirla no la disipa: la redirige hacia el cuerpo y mantiene el sistema nervioso en alerta. Aprender a gestionarla es parte del tratamiento.

Dr. Jacinto López del Pozo

Las personas con dolor crónico conocen bien lo que es la ira.

Lo sufren cuando:

  • El médico no sabe decirle lo que tiene.
  • La enfermedad te impide tener una mínima calidad de vida.
  • Alguien que te quiere no comprende tu situación.
  • A pesar de todos los tratamientos probados siguen con el mismo dolor.
  • Cuando los que te rodean piensan que te lo estás inventando.

Generalmente las personas han aprendido a controlar su ira, a reprimirla. Pero la ira reprimida no se disipa sino que se redirige hacia el cuerpo aumentando el estado de alerta máxima, con lo que nuestro dolor crónico empeora.

El problema no es que las personas con dolor crónico sientan ira. El problema es cuando no nos permitimos expresarla y nos la guardamos, ya que esa ira queda activa y el cuerpo se mantiene en tensión.

Ira reprimida y sistema nervioso

El sistema nervioso responde igual a una amenaza externa como a una interna, no diferencia.

Cuando surge la ira y se reprime, el sistema nervioso activa el sistema de alarma. El ritmo cardiaco aumenta, la tensión arterial aumenta, la tensión muscular se incrementa y se activa la cascada de las hormonas del estrés. Al reprimirse la ira, esta activación se perpetúa en el tiempo.

En un estudio realizado en Stanford se vio que los pacientes con percepción de injusticia (sentían que su condición era injusta y que les habían arrebatado algo importante de forma irreparable) eran los que presentaban un dolor más severo.

La creencia de que el sufrimiento propio es injusto, inmerecido e irreversible. Esto hace que el sistema nervioso esté en constante alerta y el cuerpo en estado de tensión.

La cuestión clínica no es cómo eliminar la ira, sino cómo gestionarla

El objetivo no debe ser calmar a los pacientes, sino ayudar al sistema nervioso a procesar lo que lleva consigo, de modo que la carga emocional no resuelta deje de intensificar un sistema nervioso ya sensibilizado.

La ira como señal, no como problema

El problema no es la ira en sí, sino su represión.

  • Si la ira es el problema, el objetivo es reducirla, controlarla o sustituirla por algo más positivo.
  • Si el problema radica en la represión, el objetivo es que la ira se sienta, se exprese.

La Terapia de Reprocesamiento del Dolor trata la ira con curiosidad en lugar de alarma, permite que esté presente sin redirigirla para establecer una sensación de seguridad. A base de experiencias de enojo sin que ocurra nada catastrófico, la predicción de amenaza en torno a esa emoción comienza a atenuarse.

La Terapia de Reprocesamiento del Dolor crea las condiciones necesarias para que el sistema nervioso comience a sentirse seguro, no solo con las sensaciones físicas, sino también con las experiencias emocionales.

También puede ser útil la EAET, que trabaja directamente con emociones que han sido reprimidas o evitadas.

SOBRE EL AUTOR
Dr. Jacinto López del Pozo
Médico jubilado y ex-coordinador de la Unidad del Dolor Crónico del Hospital de Aranjuez, con más de 10 años dedicado al dolor crónico. Divulga sobre neurociencia del dolor y ofrece un consultorio gratuito con terapias no farmacológicas.

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